jueves, 15 de abril de 2010

Crónica de una muerte anunciada

Como quien vuelve, pero mejor se va...

Una vez más mi madre tenía razón. Me compro justo y después me queda chico. No hay nada que hacer, su sabiduría recorre mis venas y por más que lo intente, llego siempre al puerto que ella había visto antes que yo. Creer o reventar.

Por eso, amados/as lectores, hoy vengo a decirles que lo que se suponía que pasaría. Este blog muere aquí. ¡Momento! No es para llorar, porque resucita en otro.

Mi necesidad de escritura sigue intacta, pero ya no tiene sólo que ver con mi hijo o la espera de él, sino con mi vida entera.

Por eso, en honor a las palabras de mi “santa” madre, los invito a:

Escribir o Reventar
(http://www.escribiroreventar.blogspot.com/)

La Amarga Espera y otro blog aún más antiguo que éste, escrito con nombre y apellido, se unen en uno sólo que a partir de ahora me representa mejor. Espero que mi resurrección en este nuevo espacio no sea castigada con el olvido. De corazón, los espero allí. Y ...GRACIAS por haber estado aquí.

lunes, 15 de marzo de 2010

Como quien vuelve

Me siento como quien vuelve al psicoanalista luego de varios meses. Por dónde empezar, hay tantas cosas para decir y al mismo tiempo ninguna que acuda firmemente a la boca.

A ver. Me largo en libre asociación. La primera o todo al mismo tiempo: que me acordé de este espacio más de lo que las fotos que publiqué pudieron demostrar. Que la culpa por no escribir viene calando hondo en mi cabeza desde hace muchas más semanas de las que puedo soportar. Que estoy volviendo a escribir con la sensación de que mi escritura, la mía, la que me gustaba, me abandonó. Que en medio de tanto trabajo, tanta maternidad que me tiene embelezada, siento que el talento se me fue al cuerno. Que estoy feliz. Que no puedo creer la escena de mí misma teniendo una entrevista en un jardincito para ver si Fede empieza a socializar. Que me da un placer inmenso estar pensando cómo organizo la fiestita de cumpleaños. Que no puedo creer que esta vez me toca a mí y estoy como quien acaba de ser besada por su amor imposible y siente que no lo está disfrutando con la intensidad que debiera. Que estoy rara porque tengo que remontar mi trabajo después de un año, digamos, sabático; pero que al mismo tiempo no tengo el ímpetu de antes porque lo que verdaderamente quiero hacer es escribir, pero por otras cosas laborales que me tienen muy atareada, siento que tampoco escribo y si lo hago pienso que es una reverenda porquería. Ahí, ni chicha, ni limonada, aparece sin piedad el fantasma materno del ama de casa que me persigue voraz y amenaza con apropiarse del único talento que creí tener: éste, las palabras escritas.

En fin, pero ya saben que mi hijo no es un luchador porque sí (aunque él podría haber salido de un repollo tranquilamente, repollo o ICSI, a esta altura da lo mismo). La lucha es lo mío. Por eso estoy dándole batalla a los monstruos secuestradores de palabras; aquí las dejo: cada lectura las salva.


(*) Su musa esta muy ocupada. Por favor intentelo más tarde.
Tomé la imagen del blog http://ezequieldelaparra.wordpress.com/ Hermoso blog por cierto y el texto sobre las musas, imperdible.

viernes, 26 de febrero de 2010

Una imagen vale más que mil palabras


... y sigo con poco tiempo. Mientras tanto Fede sigue creciendo. Ya cumplió 7 meses!

lunes, 8 de febrero de 2010

De vuelta.


... y sin tiempo para escribir, POR AHORA!!!
Les dejo una foto de Fede, que cumplíó seis meses allá y resume las vacaciones.

viernes, 15 de enero de 2010

Vacaciones


Emprendemos las primeras vacaciones de a tres. ¡Ciencia ficción pura! Tengo tantos bolsos que no se si poner a Fede en el portaequipaje o al revés. Nos llevamos de tarea empezar a darle de comer (otra cosa que no sea leche, está harto!).

Veremos qué sale. A la vuelta les cuento.

lunes, 4 de enero de 2010

Fiebre de 31 por la noche

Como derribadora de mitos me iría muy bien. Ya casi ni me lo propongo y me sale lo mismo. Cualquiera que me conoce sabe que los últimos cuatro años pasé unas fiestas de mierda. Alguna que otra navidad linda que se ennegreció del todo al poco tiempo. Cualquiera que sabe eso se imaginará que pasé unas fiestas de ensueño. Las primeras fiestas con Fede, sin temores, sin deseos entre manos. El gracias alcanzaba. Y sí, alcanzaba, lo que no alcanzó fue la salud.

El 24 a la tarde lo pasamos en la guardia. Fede no paraba de llorar. Fiebre, dolor, mocos = otitis. Cena del 24, yo ausente, en el baño haciéndole baños de vapor.
El 31 comenzó más o menos a las cuatro de la mañana. Yo tiritaba de frío y la fiebre hacía estallar el termómetro. Las horas venideras, un sopor que no cesaba. Paracetamol, ibuprofeno… nada. La fiebre no bajaba. A las ocho de la mañana, igual. A las nueve, a las diez. A las once llamamos al médico. Yo me imaginaba muriendo de gripe A fuera de la epidemia (re desubicada) y justo el 31. Es bastante cinematográfico, no? Pero lo mío es la literatura así que no daba morir así. La doctora llegó a las tres horas más o menos. No se mostró molesta por trabajar un día festivo. Tal vez no tenía con quién pasarlo y lo mejor era salvar moribundos como yo. En fin, no lo sé. Terminé medicada con oseltamivir por las dudas. A eso de las siete, cuando mi casa ya estaba plagada de gente con ganas de brindar, yo tomaba coraje en la cama para levantarme, con todos los pelos revueltos y la ropa pegajosa de bajadas y subidas de fiebre. Apostaba a que una ducha pudiera mejorar las cosas.

Después del agua, estuve en la cena con cara de papelito. Fede ya estaba fantástico, de tía en abuela, de abuelo en tía, y así. ¿Yo? De silla en silla. Por suerte la gente que viene a casa es gauchita y se ocuparon de todo. ¿Mi marido? Ya saben, es re gauchito, pero no se lo digan mucho porque se agranda.
No sé qué haría sin ellos.

domingo, 27 de diciembre de 2009

La belleza a los 80 kilos

Decir las cosas por su nombre me ha costado más de diez años de análisis. Me he convertido casi en una militante de ello. Pero los números no son lo mío, eso está a la vista. Pero esta vez y en honor a mi causa y porque las palabras escritas siempre me han ayudado (ojalá que con el peso también) es que hago este esfuerzo de hablar de lo que no hablo. Al menos nunca con tanta precisión.

He sido siempre una mina más o menos potable. Cuando iba bailar, los pibes se me acercaban, siempre más de dos o tres. Me decían cosas en la calle, no solo los albañiles. Nunca fui flaquita. Grandota fue la palabra que me donó mi madre y que supe portar en mi incomodidad durante muchos años de temor al ridículo. Cualquier pollerita más corta de lo esperado me convertía (en mi cabeza) automáticamente en Moria Casán.
Hoy miro para atrás y lamento aquellos años malgastados luchando contra un grotesco inexistente. Gorda es esto: que no me entren los pantalones más grandes que hay en mi placard, que me duelan las rodillas al sentarme, que me duelan los pies al estar más de tres minutos parada, que los sacos me queden chicos de brazos, que en las fotos encuentre –literalmente- un ballena, etc.
Pero es fin de año y este ha sido un año difícil pero muy bueno, de manera que mi mirada debe ser optimista. 80 es mejor que 93, que fue mi peso al parir. 90 al regresar a mi casa sin Fede en la panza. Les recuerdo que Fede pesó 2,3Kg. Esta claro: me guardé todo para mi.

¿Hay belleza a los 80 kilos? Cual anciana que habla del sexo en la tercera edad, puedo decir que no es la belleza que ustedes se imaginan. Las cosas son lindas pero diferentes. La moda, por suerte, colabora. Remeras sueltas que marquen las lolas que es lo mejor que me ha quedado, camisolas, pantalones anchos (algunos aún de embarazada), el pelo siempre lindo, limpio, un poco de bronceado, la blancura torna todo más ancho, nada de jeans, zapatos de colores para llevar la mirada a lo único que no ha engordado, carteras al tono. Pero sobre todo mucha actitud. Después de todo somos justamente las mujeres las que decimos que el tamaño no importa. ¿O sí?

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Lo que nadie dice

Hay cosas que no queda bien decir. Vaya a saber uno por qué.
Las madres parecen beatificarse en el mismo instante de parir. Tal vez antes. Con panza ya visten de Virgen María. Se horrorizan de sentimientos no tan loables, hastíos varios, angustias, etc. Se supone que la madre es amor incondicional de máxima pureza cuando en verdad no es tan así. ¡Ojo! No está mal que no sea tan puro. Lo que sucede es que muchas madres sostienen ese lugar de santa que para mi gusto lo único que consiguen es joder a sus hijos. Y les juro que sé de lo que estoy hablando.

Si además de madre, una fue infértil, menos habilitada todavía, a decir que el paraíso no es tal. Pero no porque tener hijos no está tan bueno. Sino porque está bueno en otro sentido. ¿Me explico? No. Ok.

De lo que nadie habla es de lo mal que se la pasa los primeros dos meses. Días más, días menos según la mujer. La historia es que una está hecha pelota por los cuatro costados. El cuerpo te quedó roto, con una panza de unos tres meses en el mejor de los casos. Las tetas están en plena producción de leche y te duelen. Si el niño se prendió a la teta, lo más probable es que darle la teta sea un suplicio. No porque no quieras sino que te duele como no te dolió nunca. Sentís culpa por querer sacarlo para que no te duela más, pero al mismo tiempo te alivias al cambiarlo de teta y cuando por fin se duerme ni te cuento. La teta lleva mucho tiempo (cosa que nadie te dice) y tu vida se resume a dormir cuando podes y estar tirada dándole la teta unas doce horas por día en total. No sabes si algún día vas a volver a dormir ocho horas seguidas. No sabes si el mundo sigue en pie afuera o se declaró la séptima guerra mundial, que por otra parte no te interesa mientras que no vengan a tu casa. En verdad cuando el chico llora no sabes bien qué carajo le pasa.

Pero lo peor de todo, cuando fuiste infértil, es que todo el mundo te mira como diciendo: bueno, ahora no jodas más, sé feliz. Y una siente una culpa enorme porque la verdad de la milanesa es que el chico tal vez cumplió un mes y una no pudo sentirse verdaderamente feliz más que por unos fugaces momentos. Y siente culpa, mucha culpa, que se transforma en angustia porque recuerda a sus compañeras de ruta y siente que debería estar feliz por ellas, pero lo cierto es que no lo está. Y teme. Se pregunta si esa felicidad que venden en la televisión es cierta. Si alguna vez logrará sentirse así. Y en medio de toda esa vorágine el niño llora, te duelen las tetas y tu marido te mira azorado. No sabe qué te sucede, no puede entenderte y simplemente te mira. Vos llorás, llorás y llorás; y no podes explicar por qué. Pensás: serán las hormonas. Seguro que no, pero al menos son la carta de salvación para no terminar internada en un psiquiátrico. Y vas por la calle, cuando lo dejaste un rato con alguien para respirar un poco, miras ropita de bebé, pensas en cómprasela y te sentís la mina más rara del mundo. Si no podías tener hijos, quién sos ahora. Y te sentís mal porque en lugar de estar disfrutando de tu hijo como todo el mundo espera que hagas, estas perdida en el quilombo de tu cabeza y te morís de culpa porque pobre tu hijo que le tocó una madre tan complicada. Así que no solo no sos feliz, sino que tu hijo tampoco lo será. Y te angustias porque no podes hacer otra cosa.

Lo que nadie dice es que para sentirse madre hace falta tiempo. Bastante tiempo. Tiempo con el que de a poco te das cuenta de que no tiene nada de malo haber sentido todo eso. Tiempo para darte cuenta de que tener hijos está bueno, pero no para pintarles que sos una santa sino que la vida es un compendio de cosas buenas y malas. Que mamá a veces es copada y a veces egoísta. Que papá es macanudo, pero a veces muy estricto. Que la familia está llena de quilombos. Que no sabés si algún día le vas a poder dar un hermanito. Porque no sabes si podrás y porque no sabes si te vas a querer bancar los malditos tratamientos otra vez. Porque sos buena, pero no sos tan pura, ni tan santa, ni tan desinteresada.

Por lo menos, así lo veo yo.


Nota: pido disculpas si alguna de mis compañeras de ruta, nos conozcamos o no, se siente molesta por este post. Se lo que es haber leído cosas por el estilo cuando yo juntaba plata para hacer otro ICSI y daba cualquier cosa por lograr, al menos, ese llanto de madre novata. Sufría porque no sabía si algún día iba a poder sentirme así. Pero también es cierto que los espejitos de colores no me ayudaron nunca y por eso me parecía desleal colaborar con esa postura. Creía y creo que es mejor decir las cosas como son. Pintar un paraíso ficticio lo único que logra es alimentar la fantasía de que la gente feliz es la que tiene hijos (que la entiendo, yo también la tuve). Pero si es inevitable, no se trata de aumentarla.
Y repito, mi hijo es lo más maravilloso que tengo, pero es una maravilla terrenal. No un paraiso de nubes de colores. No es novedad: eso para mi no existe.

martes, 1 de diciembre de 2009

Acumulación de estúpidos (yo inlcuida)

Uno nunca sabe dónde se va a topar con los costados más bajos de la estupidez humana. Generalmente te toman por sorpresa y por ello el efecto es aún peor.

Manejaba feliz por una calle angosta. El tiempo me apremiaba. Tenía que dar mi brazo a los sacadores de sangre antes de que agotaran su tiempo de vampiros equipados. Adelanté mi auto al primer obstáculo de la jornada y otro, que no tenía nada que ver en la maniobra, no tardó en esgrimir su espíritu de Robin Hood. Se encontraba conmigo, su primera estupida del día. Me puteó y adelantó su auto al mío. Y ahí nomás se puso a jugar conmigo, con mi paciencia y como si fuera poco, con mi sangre. Volanteaba de un lado al otro de la calle sin dejarme pasar, olvidando su rumbo. Lo había trocado por impedir el mío. Así unas diez cuadras en las que yo gesticulaba los peores insultos de modo que él pudiera leer claramente mis labios. Así hasta que tuvo la amabilidad de doblar y perderse en el mundo de mi olvido. Por un rato porque pronto lo recordaría. Tan pronto como otro imbécil se sumara a mi jornada y entonces yo pudiera sentir el hastío de la existencia.

Me sacaron sangre lo más bien. Hasta me regalaron un alfajor para mitigar rápido mi ayuno. Eso me puso de buen humor. Salí contenta. Caminé un par de cuadras hasta la farmacia. Crucé un par de miradas amargas con la que cobraba cuando luego de preguntarle si tenía cambio me respondió que no con la típica cara de tengo y no te voy a dar. Yo acepté con un agrio e hipócrita ¿no tenes?. No. Y las dos sabíamos de qué hablábamos. Una mini cuota de hipocresía diaria no le hace mal a nadie después de todo.

Seguí caminando hasta un bar, enfrente de mi trabajo, para acabar definitivamente con mi ayuno. Allí la malignidad del mundo llegó a su punto máximo. Es cierto que se me habían hecho las 12 del mediodía pero tan cierto es también que pregunté simpática: ¿estoy a tiempo para un café con leche con medialunas? (Aclaro que me senté afuera, en las mesas no preparadas para almuerzo). El mozo era rubio, con rulos atados en una colita alta que sostenía por detrás de su cabeza una suerte de mata rubia y peluda. Una especie de pompón poco agradable. De piel bronceada y ojos claros. Pendejo. Canchero. De esos que te dejan en claro que están ahí, pero que no necesitan el trabajo, que están solo circunstancialmente, que en verdad esperan más de la vida y que el padre podría mantenerlos perfectamente, sólo que están en la etapa de demostrarle que pueden valerse por si mismos.
Se acercó displicente y ante mi pregunta no esperó un instante. Se alejó y me dijo: te averiguo. Pensó: otra estúpida más. Cuando ya se iba le grité bajo: ¡sino pido otra cosa!
Nunca volvió. Mi mirada inquieta cuando pasaba hacia otra mesa, lo hizo decir: ya te traigo. Y mientras se alejaba volví a gritarle bajo: también quiero un jugo de naranja. Para qué está uno en un bar si no es para pedir cosas. No se supone que el mozo debería molestarse por eso. Cuando uno pasa cuatro horas con un café también te miran mal. Al final no hay cosa que les venga bien.
Al rato largo apoyó sobre mi mesa el café con leche, el jugo, y se fue. Pensé: deben estar terminando las medialunas. Al rato largo trajo UNA maldita medialuna. Rica, calentita, pero sola. Una solita. ¿Una sola? le dije. Pedí con medialunas. Pensé pero no dije: eso, en el país de las medialunas significa tres o dos a lo sumo en lugares gourmet o amarretes como más les guste. Me miró displicente por enésima vez y me dijo: bueno. Y después de veinte minutos trajo otra puta medialuna, solita ella.

¿Si le dejé propina? Están locos. Ni un centavo. Ojalá hubiera podido dejarle este escrito que surgió ahí mismo sobre la mesa en la que no llegaban mis malditas medialunas.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Otra espera, nueva.

Ya lo dice el blog mejor que yo: la amarga espera ya pasó. Me percaté cuando lo vi escrito sobre la imagen: no se trataba sólo de la difícil espera de nueve meses, la amarga espera habían sido los cuatro años que tuvimos el deseo entre las manos. Toda esa espera ya pasó.

Hoy soy una mujer renovada. Nueva no. Porque cuento con las marcas de todos esos años, y otros anteriores que habían tenido lo suyo. No tanto, pero lo suyo. Esas marcas cambiaron el rumbo de mi vida inexorablemente. Tanto que hoy siento que inicio una nueva espera, distinta.

Antes de querer ser madre, ya me ganaba la vida trabajando. Mi vida no era sólo eso. Pasa que ahora siento que estoy barajando de nuevo, que los días son un comienzo en blanco y me pregunto qué quiero hacer. Quiero pegar un volantazo.

Si la vida se deja yo le meto mano dice Sabina y yo quiero ver qué tanto se deja, porque hasta ahora me la venía metiendo a mí. Ahora es mi turno y no quiero dejarlo pasar. Quiero pegar un volantazo y dedicar mi vida a la escritura. Escribo desde adolescente, pero recién hace dos años empecé a preguntarme por qué nunca me lo había tomado en serio. Tengo muchas respuestas a esa pregunta, pero no quiero aburrirlos, para eso le pago a mi psicoanalista, que hace rato que no voy.
El tema es que quiero tomármelo en serio y empecé como con todo lo que hago: a full. No soy de las que se quedan quietas. Mi cabeza va pensando cómo hacer para ir cambiando de laburo y mi corazón ya se imagina en la Feria del Libro. Soy así, no lo puedo remediar.
Se que para vivir de los libros falta mucho, pero me gustaría al menos que algunas de mis líneas me dejen algún violeta a cambio de publicarlas en algún lado. Para comenzar me conformaría con eso. Pero bueno, se que no es rápido, ni fácil. Pero siento que me embarco en un nuevo anhelo. Un nuevo horizonte que me hace feliz, obvio, porque antes no podía pensar en esto. Escribía, sí, pero para drenar el dolor. Para seguir viviendo. Hoy quiero vivir para escribir y no a la inversa.
Y bueno soy así, no me quedo quieta.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Hijo e’ tigre

Cuando pensé por primera vez en que algún día tendría hijos, tomé conciencia de lo importante que sería decidir con quién. Aún no lo sentía en carne propia, pero es sabido que un hijo es lo más importante que uno puede tener. Pensaba entonces que el padre tendría que ser alguien de mi total confianza. Iba a tener tanto derecho como yo a quedarse con el niño, a educarlo, etc. Entonces, si quería lo mejor para mi hijo, tenía que empezar por buscarle un buen padre. Con eso en la cabeza andaba yo en mis veintitantos años. Criterio bien concreto que me servía para identificar una relación ocasional de algo que podía volverse serio. De las primeras también tuve, obvio.

¿Se puede decir que me enamoré dos veces de la misma persona? Sí. Cuando era adolescente conocí a un pibe seductor, inteligente, cariñoso, divertido, que estaba re fuerte (eso era importante en aquellos tiempos), algo mujeriego (eso me atraía). Me enamoré como una perfecta quinceañera. Salimos durante un año y nos separamos. Siempre lo recordé como una de las mejores relaciones que había tenido. Ocho años más tarde, volvimos a encontrarnos. Conocí a un hombre seductor, inteligente, cariñoso, divertido, noble, laburador, honesto, sincero. Tenía unos kilitos de más, pero no me importaba. Sus labios gruesos seguían intactos, eso siempre me había gustado. Me enamoré. En una reunión de unos amigos de él, vi cuánta gente lo quería y cuánto le gustaban los chicos. Había encontrado al padre de mis hijos. Me enamoré definitivamente.

Después vinieron años felices que se oscurecieron con la historia que ya conocen. Supe que no me había equivocado. Era todo lo que dije y más. Sobre todas las cosas, un compañero de esos hechos de buena madera, que están. Siempre. El hombre que tenía al lado era -sin ser padre- un padre decidido a poner patas para arriba el mundo para encontrarse con su hijo. Está claro que Fede, no sólo tiene la cara del padre, sino su fuerza. Bueno, la mía también. Si llega a juntar un poco de ambas, me da miedo que estalle.

Pero eso no es todo. Hace algunas semanas, yo miraba raro el tender mientras al colgar nuestra ropa, se intercalaban mediecitas minúsculas, baberos, bodies, pantaloncitos diminutos. En eso llegó Igriega. Me saludó raro, él se pone así cuando trae algo entre manos. De pronto se levanta la manga de la remera y me dice: mirá lo que me hice. ¡Guau! ¿Es de verdad? ¡Claro! Lo miro entre contenta y sorprendida y me dice: había hecho una promesa, si nacía Fede me hacía un tatuaje, va a ser uno por cada hijo (esta claro que no tiene riesgo de quedar como el tipo que tiene tatuada toda la cara). Es un tigre porque tiene garra y cuida a la familia. Qué les puedo decir. Me encantó. Me gustan los tatuajes en los hombres, me resultan sexis y si encima es mi marido, el padre de mi hijo, que se escribió Padre bajo la piel, qué más puedo decir: gracias a la vida que me ha dado tanto.

lunes, 2 de noviembre de 2009

F.U.M.

Hace exactamente un año atrás empezábamos de nuevo. Otra vez habíamos cargado las pilas, la plata, las ganas, la fe, la paciencia. Todo eso que se necesita para llevar un nuevo tratamiento de alta complejidad adelante. Era nuestro tercer ICSI y aunque ya estábamos cansados, yo nunca perdí esa certeza profunda de que lo íbamos a lograr.

Así que cansancio en mano nos tomamos el tratamiento como una actividad más. Como ir al súper, laburar, salir a comer. Había aceptado que mi vida consistía en parte, en eso y era mejor relajarse que estar peleándose todo el tiempo con el destino fallido que nos estaba tocando.
Habíamos tenido un par de charlas intensas con la Doctora K para ajustar tuercas respecto del tratamiento anterior. Que esto hagámoslo así, que esto otro cambiémoslo, que vamos a blastos de nuevo, etc. Luego de eso me propuse ir a las ecografías de control como quien paga el peaje. Uno no le anda preguntando al hombre de la cabina cuántos autos pasaron en el día, cuántos espera que pasen, cuál es su opinión respecto del tránsito. Simplemente extiende la mano, deja que el otro agarre la plata, acelera y se va, para volver a hacerlo cada vez que pase por allí.

Hace exactamente un año, me venía de nuevo. Lo que aún no sabía era que repetiría esa fecha durante los siguientes nueves meses. En cada ecografía, en cada control el 2 de Noviembre se iba haciendo más lejano y con esa distancia la panza crecía y Fede se hacía fuerte y luchador.

Hace exactamente un año atrás no me imaginaba que ese día era el comienzo de mi nueva vida. Era el primer paso que dejaba entreabierta la puerta blindada que golpeábamos hacía rato.

Hace exactamente un año atrás no me imaginaba que la vida podía cambiar tanto otra vez. Que la sonrisa de un niño puede darle sentido al sin sentido. Que la fuerza volvería a mi cuerpo y de a poco, otra vez tendría tantas ganas de vivir.

Y además, llueve. Qué más puedo pedir.

jueves, 22 de octubre de 2009

Primer día de la madre

Ya sé que ya pasó. Como periodista en una agencia de noticias me muero de hambre, no? Bueno, aún no me dedico a eso, así que escribo cuando puedo.

Raro, pero con sensaciones hermosas. A decir verdad supongo que cuando quiero describir lo que siento me quedo mirando la pantalla en silencio.
Silencio que se parece al de este blog las ultimas semanas.

Puedo decir que fue la primera vez que no me molestaron las publicidades de madres y niños felices; la primera vez que la proximidad del día de la madre me producía una inquietud similar a cuando uno está por ir a una fiesta que esperó por mucho tiempo; la primera vez que se me llenaron los ojos de lágrimas pero de emoción y no de tristeza; la primera vez en muchos años que no pensé en cómo meterme debajo de la tierra y desaparecer.

Cuando llegó mi madre (señora compleja si las hay, que se ha jactado siempre por lo buena madre que fue y la mar en coche) el inconsciente me jugó una mala pasada y por diez segundos me olvidé de decirle Feliz Día. Sentía que era mi día y no el de ella. No me juzguen de egoísta, si conocieran en profundidad a mi madre, me entenderían.
Por un momento parecía mi cumpleaños. No paraba de sonar el teléfono y se me escuchaba decir gracias, muchas gracias a cada rato. Se ve que la gente también pensaba en mí el día de la madre.

¿El postre? Riquísimo. Mi marido tomó la palabra, con lo que a él le gustan esas cosas y brindó por la madre que resultó su esposa, por la lucha llevada a cabo y por nuestro hijo. Se me llenaron los ojos de lágrimas porque conocerse como madre y padre no es sencillo y en estos tres meses muchas veces sentí que yo no había resultado la madre que él esperaba que yo fuera. Aunque por lo visto la cosa no está tan mal. No sé si seré la de sus sueños, pero parece que me sigue eligiendo y eso me llena tanto como cuando Fede me sonríe.
Así que brindamos. Yo agregué en el brindis a todas mis compañeras de ruta, que en este día de la madre aún estuvieron bajo tierra, para que pronto ellas también puedan empezar a respirar aire puro.

¿La nota de color? Mi viejo pidiendo la palabra también. Como para no perder protagonismo, diciendo vaguedades sobre mí y reivindicando a la santa madre, que no soy yo, obvio, sino mi madre. Un pelotudo. No dije nada porque aún tenía los ojos mojados de las palabras de Igriega. Y bueno, la familia se agranda y los problemas también. Prefiero mil veces estos roces que esperar un llamado para ver cuántos embriones fertilizaron.

En cada sonrisa de Fede siento que la vida me sonríe otra vez.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Y dale con el quirófano

La gente normal suele bautizar a sus hijos. Les dona, en esa ceremonia, cierta pertenencia; a una religión, a un apellido, un linaje, etc. Nosotros hemos evidenciado cierta atracción por los quirófanos. Por ello y porque ni locos le negamos algo al niño, arreglamos todo para que Fede no se privara de tamaña experiencia. De paso quedaba bautizado y se salvaba del limbo pronto. Matábamos varios pájaros de un tiro. Eso siempre es tentador.

Tanto el pediatra como un doctor con oportuno apellido Cuervo coincidían en que tenía una hernia inguinal, que según nos explicaron con dibujito y todo, era una bomba de tiempo. Podía estallar ya, o no hacerlo nunca. Qué prefieren, nos pregunto. Esperar a ver si explota o quitarle la mecha con pólvora y todo. Decisiones simples que uno enfrenta en la vida. Seis días después estábamos internando al enano.

El bautismo duró mas o menos una hora. Fede solito en el quirófano, mientras la que explotaba era la madre. Cuando se lo llevaron, ella lloró como si la guerra lo esperara. Tal vez se confundió por los atuendos verdes. En esas circunstancias uno no distingue a Rambo de Poncharello.
Cuando el médico apareció sonriente por la puerta del ascensor que venía de Vietnam, la flamante madre volvió a respirar. Todo había salido bien. Las armas estaban siendo depuestas. Pero como toda guerra, no se termina de un momento al otro. Fue necesario que Fede durmiera en la madriguera de neo una noche. Una sensación horrible de que el tiempo había vuelto atrás como a quien le toca “retrocede veinte casilleros” en el juego de la oca. La madre había explotado y las esquirlas alcanzaron a enfermeras varias, de las que todo le molestaba.
Éstas locas vestidas de blanco le quitaban la soberanía sobre el pichón. Que dame más leche, que sáquenle el suero, que tiene la batita toda mojada, que estos pañales baratos están hechos con las bolsas del súper y le irritan la colita, etc. Fastidios varios que las enfermeras soportaban. Algunas estoicas, otras más o menos.

Al día siguiente, Fede volvió a casa con una venda en la ingle y otra en las bolas. Heridas de combate, que va a ser. Se hizo hombre nomás. Con todo esto, tal vez me abandona antes. Y bueh… Después de todo, el destino de las madres es ser abandonadas, así que para qué dilatar las cosas.

Ah... me olvidaba un detalle. El día que lo operaron, llovía. A cántaros.

lunes, 14 de septiembre de 2009

¿Y dónde está la madre?

Mi madre siempre supo qué hacer, dónde hacerlo y cómo. Siempre tenía tiempo para sus hijos y nunca le costaba dedicarse a nosotros. Algunas veces usó la palabra sacrificio pero supongo que debíamos tomarlo como una manifestación de su amor incondicional que con el tiempo salió un poco caro. Tal vez hubiera preferido algo más barato como para que la hipoteca se terminara antes.

Dicen que cuando una se convierte en madre, se produce una fuerte identificación a la propia madre como para saber por dónde empezar. En mi caso la maternidad es un mundo totalmente desconocido. No tuve certezas como las de mi madre, salvo para saber, durante varios años, que no sería fácil convertirme en madre. Hoy, que acabo de tener un hijo sigo pensando que convertirse en madre no es sencillo. Ser madre es una construcción que no sé bien cuándo comienza. Para algunas será con la noticia del embarazo, otras en el parto. En mi caso comenzó cuando nos encontramos con mi hijo, acrílico de la incubadora mediante, algunas horas después de su nacimiento. Antes de eso debo haber hecho cosas de madre, pero yo no las siento especialmente así.

A diferencia de mi madre, me han habitado más preguntas que respuestas. Creo que después de muchos años de preguntarme donde está el hijo que no llega, hoy puedo resolverlo rápido cuando lo escucho llorar. Lo que no tenía previsto era preguntarme dónde esta la madre. Supongo que anda preguntándose qué es la maternidad y no bien se clarifiquen las ideas aparecerá con todo su ser. De hecho, está escribiendo para que eso suceda. La escritura tiene efecto de coordenadas. No se bien qué me pasa, lo escribo y luego lo leo para enterarme.

Las creencias populares suelen complicar las cosas. Una que me ha perseguido es que la gente feliz debe estar en algún lado al que yo no he sido invitada.
En los últimos años de infertilidad la frase se completó pensando que la gente feliz era toda aquella que podía tener hijos. Yo, no sólo que no estaba invitada sino que ni que pagara me dejaban entrar. Finalmente parece que hice algún contacto con los patovicas de la puerta y me dejaron pasar. ¿Qué decirles? No encontré a la gente feliz, mucho menos una fiesta. Me vengo a enterar adentro que la fiesta hay que construirla. La mesa no estaba servida. Estaba todo por hacer. Mi encuentro con la maternidad es exactamente así, está todo por hacer.

A contramano de cualquier saber popular, creo que la maternidad es una construcción singular de cada mujer en la que una siempre se encuentra con una mesa vacía. Hay quienes la llenan de comida hecha o buñuelitos viejos. Yo, que no cocino, esta vez voy a hacer todo casero. Mi ingrediente fundamental es la libertad. Quise ser madre para que mi hijo fuera libre. Incluso libre de mí. Es una práctica complicada porque consiste en poder diferenciar mis necesidades de las de él, para hacer prevalecer las últimas, obvio. Parece que es muy pronto para semejante meditación pero fíjense un ejemplo sencillo. Le estaba poniendo una ropita que me encanta. Cuando ya estaba listo, ví que le quedaba visiblemente chico, de manera que no podía estirar completamente sus piernas sin que los deditos del pie se vieran empujados hacia delante. No se quejaba, pero que la ropa era chica, era chica. El primer impulso fue se lo dejo, mira que lindo que es. Acto seguido rebobiné y dije eso es para mi, seria un deleite para mis ojos, pero una incomodidad para él. Se lo cambie por algo mas cómodo. Situaciones como esa, miles. Solo en algunas me descubro. En muchas le debo dejar el conjuntito apretado y me daré cuenta en diecisiete, dieciocho años, cuando me lo reproche a los gritos. Por eso creo que soy verdaderamente madre esas veces que me descubro, que lo dejo libre de mis caprichos.
Para mi ser madre no es un título, ni una cucarda que una se gana, ni siquiera un estado permanente. Es una función que se ejerce a veces cuando una pudo superar situaciones diversas que ponen a prueba la estantería.

Me gusta que otros lo tengan en brazos. Quiero que se acostumbre a que en el mundo hay otros que pueden quererlo y mimarlo, pero reconozco que cuando otra lo mece tan bien como yo, temo. He sentido temor de resultar prescindible. De que él se acostumbre a otros brazos y olvide los míos. ¿Qué hice? Nada. Supongo que fui madre en ese instante porque me quedé solita con mi temor y mi angustia, seguí contemplándo a la otra con mi hijo y entendí que mi función de madre también es posibilitarle esos otros momentos. No ser madre hubiera sido arrebatárselo de los brazos y quedármelo para mi solita, asegurándome de que nadie podría cuidarlo como yo, pues nadie tendría la oportunidad de hacerlo.

El universo ha cambiado


En mi escritorio siempre hubo muchas cosas. Ahora se ha sumado una más que le da un toque, digamos, particular.

Aquí lo tienen a Fede nadando entre mis cosas.

lunes, 7 de septiembre de 2009

¿Y ahora? ¿Qué carajo hago con el blog?

Ya lo decía mi madre en mis años infantiles: ¡no te compres justo, que después te queda chico enseguida! Vaya si era molesta esta recomendación gritada desde afuera del probador como quien simula no manejar el barco, cuando en verdad es el capitán.

¿Qué hago con La Amarga Espera?
Es un espacio que surgió en un momento de desesperación, presa de una voluntad irrefrenable de escribir, que por cierto tenía todo el tiempo del mundo para desarrollarse. Compré así, sin pensar demasiado si me iba a quedar chico, si me combinaba con otra cosa, si me iba a servir para la temporada siguiente. Ahora mi madre me diría: ¿viste? te dije. La Zeta de antes se hubiera sentido una boluda, la Zeta de ahora la mandaría a la mierda.

Bueno, pero la disyuntiva la tengo de todos modos. Lo que terminó sucediendo es que este espacio fue adquiriendo su propio valor. Me divirtió mucho tornar la amargura en ironía, a veces en humor negro. Me encantó que hubiera otros que los disfrutaran y encima que me lo dijeran.
Puedo hacer dos cosas, tres mejor dicho. Una, buscar otro nombre, más acorde a la situación, llevar todas mis cosas para allá y desear que quieran acompañarme. Dos, seguir acá, bancarme el nombre o conservarlo como un recuerdo y seguir dándole a las palabras. Tres, dejarme de joder, volver a la habitual seriedad, cerrar lo que fue pensado para unos meses y escribir cosas más solemnes relacionadas con mi profesión en espacios más acordes. Sería algo así como no querer hacer durar más la novela, sólo porque tuvo rating. Los resultados suelen ser un patético menjunje, condenado al fracaso.
No crean que mi histeria desenfrenada ha desaparecido. No me convence ninguna de las tres.

Creo que voy a optar por la segunda y ver qué onda. Pueden echarme si quieren. Si no lo hacen y eligen abandonarme también sabré entender el mensaje, sólo es cuestión de tiempo.
Ahora bien, enfrento un problema crucial. ¿Sobre qué escribo? Dos dificultades. Una, mi vida en sí no es tan interesante como para generar seguidores. Dos, la felicidad no necesita ser transmutada, decía Borges. Hasta ahora el miedo y la amargura fueron la tinta de esta pluma. ¿Y ahora? Desconocerme, el desorden, la rareza, la maternidad son cosas que me dan vueltas en la cabeza. Tal vez arranque por ese lado.
¡¡¡¿Qué será de mí ahora?!!!

viernes, 4 de septiembre de 2009

El sabor del encuentro

Me ayudas a pararme. Le escribí a la enfermera. La anestesia había tenido la amabilidad de devolverme mis piernas y poder conocer a mi hijo requería que yo al menos pudiera arrastrarme hasta una silla de ruedas.
La amable mujer accedió a mi pedido. Pudo disimular la risa de haberme visto envejecer treinta años en tres horas. Supongo que eso será frecuente en su trabajo, tanto como contener las carcajadas millones de veces.

Yo suponía que estaría dolorida, lo que no me había imaginado era que tardaría días en recuperar la posición erguida. Ciento veinte grados era la máxima apertura entre el torso y las piernas. Mientras tanto debía contentarme con circular cual autralopithecus en bata y pantuflas, por los pasillos del sanatorio. Neonatología quedaba más lejos de lo que yo pensaba. Mi habitación, si lo comparáramos con un teatro, estaba en platea, pero fila setenta. En verdad, lo descubrí cuando tuve que caminar toda esa distancia luego de enterarme que mi ruda obstetra le había prohibido a las enfermeras facilitarme la silla de ruedas. Silla, que en cualquier otro momento sería tan temida como Freddie Kruger, en esta circunstancia se había convertido en las piernas que no tenía.

Llegamos. La neo era un lugar donde todo el mundo sabía qué hacer menos nosotros. Dónde lavarse las manos, buscar los camisolines, la enfermera con la que hay que hablar, dónde es el lactario (¿qué es eso?), en qué horarios se puede entrar y en cuáles no, etc. Esa sensación es siempre angustiante. Luego de algunos días la superamos y hasta guiamos a padres novatos.

Igriega empujaba mi silla, mientras yo miraba a mi alrededor como chico en parque de diversiones recién inaugurado. Se abrieron algunas puertas hasta que entramos a un recinto en el que había muchas peceras tapadas con frazaditas celestes. Yo pensaba me van a decir es éste y yo ¿podré saber si es o no?. O me podrían dar a cualquier chico que yo lo iba a tomar por bueno. ¡¿Qué clase de madre era yo si no podía reconocer a mi hijo?!
Igriega ya sabía a qué pecera ir. No recuerdo si él o la enfermera levantaron la frazadita. Ahí estaba. Boca abajo, moviéndose como loco, con los ojos abiertos como dos pomelos, lleno de cables con luces y todo. El dolor del cuerpo se esfumó, la silla no existió. Lloré, lloré, lloré. Pensaba ahí está, se mueve y mirá los ojos que tiene, es mucho más lindo de lo que yo pensaba. Lloré. La enfermera se acercó y me dijo: ¿lo querés tener en brazos?, ¿puedo? le preguntaba como si la madre fuera ella y no yo. Lo envolvió, cuidó que los cables no se le enroscaran y dejó que mis brazos lo arroparan. Lloré y le hablé. No sé qué le dije, pero le hablé. Me importó un carajo la cesárea, la herida, los gases y la mar en coche. El primer encuentro con mi hijo no podía ser en silencio. Lloré y le hablé. Igriega estaba a mi lado como testigo feliz de la escena. Comentamos cosas de padres que habían imaginado lo peor. Viste qué lindo que es y mirá los ojos que tiene, se mueve. Creo que no podíamos creer que se moviera. Hablamos los tres. No sé qué dijimos. No quería irme nunca de ahí. Pero así son las cosas. Luego de un rato de charla, Fede tenía que volver a la pecera calentita y yo a mis paseos por el sanatorio. Le hicimos preguntas a la enfermera, muchas preguntas. Me reconfortaba escuchar que cuando preguntábamos nos decían: ¿Fede? Ah… Fede está muy bien. Como queriendo decir que había chicos en estados mucho más delicados. Él era casi un infiltrado. Que alivio esas palabras, qué alivio que no pusieran cara de circunstancia como había sido durante todo el embarazo.
A partir de allí, en cada visita al flaco monitoreábamos detalles que sabíamos indicaban mejoría. Que la temperatura de la incubadora fuera bajando, que tuviera menos cables, que lo pasaran a una sala de menor complejidad y luego a otra, que me digan de ponerlo en la teta, que apagaran la estufita, etc.

Lo cierto es que en las dos o tres primeras visitas la pregunta acerca de qué clase de madre era me asaltaba en intensidad proporcional a la cercanía de la cunita. Pensaba ¿lo reconoceré? ¿y si me pongo a hacerle caricias a otro bebé y la enfermera me dice: señora su hijo está allá? Cómo se remonta una situación así. En fin, tal vez eso diga algo de qué clase de madre le ha tocado a Fede.

Luego del encuentro que cambió mi vida para siempre, Igriega volvió a empujar mi silla. Cruzamos la puerta. Salí feliz de haberme sacado la grande de Navidad luego de tantos años de lucha.

martes, 18 de agosto de 2009

La amistad se cultiva desde el comienzo


Les presento a Fede. Queremos que desde muy pequeño sepa que además de padres puede tener muchos amigos y que ellos pueden ser tan importantes como nosotros. Por eso, comenzamos con este osito simpaticón.

viernes, 14 de agosto de 2009

Cronología de un día que no llegaría nunca

Unos truenos estrepitosos asaltaron el sueño que la ignorancia sobre lo que estaba por venir, me permitía tener. Serían más o menos las cinco de la madrugada del día en el que nacería Fede. Las gotas se estrellaban contra las tejas. Abrí los ojos. Sonreí. Pensé “es el día perfecto para su llegada”. La lluvia me regalaría un hijo con la misma fuerza de sus truenos. Cerré los ojos. Dormí tranquila dos o tres horas más.

A las ocho sonó el despertador. Una escena siempre repetida. El aparato suena y uno sólo quiere seguir durmiendo porque no hay nada mejor que seguir ahí. En este caso era extraño. Había que levantarse para ir a tener un hijo. En qué cabeza cabe. Además era ir a buscar algo que en verdad ya estaba conmigo.
Me duché mientras gozaba la lluvia por la ventana. De las cuatro cosas que me entraban, elegí la que me parecía más arreglada y al mismo tiempo cómoda para la ocasión. Había que prever que volvería sin panza, así que la remera tendría que ser algo sueltita como para cobijar una panza más parecida a ravioles que otra cosa.
Bolso listo, sobre con estudios, orden de internación y ropita para el bebé (qué bebé pensaba yo en mi locura).
¿Bueno, salimos? ¡Qué momento!. Antes de irnos, quise tomar fotos de la lluvia. Hacía tiempo no llovía así y mi hijo tendría que tener una prueba de la intensidad que lo trajo al mundo. También saqué una foto desde mi propia perspectiva de las últimas horas de la panza, que hoy resultó la imagen que ilustra este relato.
Salimos. Un momento de distracción. Vimos pasar un camión de la policía que decía gigante “Escena del crimen”. Iba directo a la casa del fondo, con la que linda nuestro jardín. Qué situación, justo anoche habrán robado. Zafamos de casualidad. No tardamos en enterarnos de que no habían robado. Parece que el que roba es el dueño de la casa y le habían ido a hacer un allanamiento. Qué mañanas distintas nos había tocado vivir.

El viaje es largo. Lo suficiente como para que se note el silencio. Hablamos un poco. Tratábamos de que pareciera normal, pero no lo era. A los dos se nos pasaba la película entera por la cabeza, pero no la contábamos. Simplemente íbamos. Ni contentos, ni tristes, raros, debajo de una lluvia increíble. Me encantaba que lloviera. ¿Ya lo dije, no?

Llegamos al sanatorio. Teníamos que hacer los trámites de internación. Era en la misma oficina donde meses atrás habíamos hecho el papelerío para el cerclaje. En aquel entonces había pensado “tal vez en unos meses venimos para otra cosa”. Y el momento estaba llegando. Qué raro se siente cuando los sueños que tanto tardaron se hacen realidad. Es una suerte de perplejidad extraña que por dentro repite “está pasando, ¿viste? está pasando”. Y uno sigue como Homero Thompson.
Nos acompañaron a la habitación. No tardó en llegar la partera con la que había hablado a la noche y me había confirmado que iríamos directo a cesárea. El doppler del día anterior había dado alterado y el veredicto del ecografista había sido que Fede no soportaría ni una sola contracción (alabado sea Carlitos que gracias a su minuciosidad Fede goza de una excelente salud).
Así que la partera, una señora gorda y muy mayor, vino con un elemento de última tecnología. Una especie de cono de madera que me hundió en la panza, mientras apoyaba su oreja en el extremo opuesto. Lo dejó unos segundos, se incorporó y dijo “está todo bien, vamos”. Dedujimos que había escuchado los latidos y dado que seguían ahí, valía la pena hacer la cesárea.
Al ratito vino la obstetra. Verla me tranquilizó. Enseguida vendría el camillero a buscarme. Igriega tenía que ir a otro piso a vestirse de padre y nos encontraríamos cuando yo ya no pudiera mover más que un dedo.

El paseo de ida al quirófano fue raro. Tenía una cara extraña, algo desencajada. Como diciendo “me llevan a parir y no se bien de qué se trata”. No podía decodificar las miradas de la gente. No estaba segura si decían “pobre” o “que lindo”.
Llegamos. La sala era más pequeña de lo esperado. Eso me dio cierta estúpida tranquilidad. Si era chiquito, la cosa no debía ser tan compleja. Esos vínculos ridículos que uno suele hacer. Algunas caras conocidas que por las cofias reconocí con dificultad y muchas caras nuevas iban y venían enfundados en verde, mientras yo me sentaba en la camilla con un miedo que me atravesaba la mirada. La asistente de mi obstetra se quedó conmigo. Me hacía preguntas que yo respondía torpemente. Me tomaba de la mano, ponía sus manos sobre mis piernas en señal de “estoy acá, nada malo va a pasarte”. En un momento dijo no sé que cosa encabezada por “cuando nazca el bebé…” Lo que sigue no pude escucharlo. A mi cabeza aún le resultaba extraño pensar que en minutos habría un bebé dando vueltas. Se escuchó un llanto. Sería de la sala de al lado. Alguien dijo “¿ves? así va a llorar”. Mi cabeza no estallaba porque hubiera dado mucho trabajo coser panza y cabeza.

Llegó el anestesista. Un tipo amable, que me miraba a los ojos y me explicaba cada paso. Lamentablemente su amabilidad no menguó la horrible sensación que me produjo la maldita peridural. En menos de un minuto mi cuerpo quedó reducido a un busto con brazos. Como esos que se esculpen en honor a los próceres, pero con brazos. Podrían haber trozado mis piernas en pedacitos o cocinarlas al spiedo que yo hasta hubiera pedido un pedacito. Sin duda el reconocimiento del propio cuerpo está compuesto no sólo por la imagen que podemos ver con los ojos, sino con la sensación. Quitada esta última. La visión del cuerpo se vive como si estuviera muerto o fuera de otra. Lo estudié tantas veces en la facultad … ¡Les juro que del libro al cuerpo hay un abismo de diferencia!

Bien. Con el medio cuerpito que me quedaba y los brazos abiertos en gesto de crucifixión con diversos aparatos conectados, empezó el banquete. Médicos, asistentes y enfermeras me abrieron con cuchillo y tenedor durante un largo rato.
Me moría de dolor de hombros. Tenía miedo. Estaba impresionada. Todo era muy extraño. ¿Era yo la que estaba ahí?
De pronto la obstetra dice a los gritos “¡vamos a llamar al padre o que estamos esperando!” Mutilada pero no idiota, entendí que el momento llegaba. Giré mi cabeza al costado y lo vi todo vestido de padre atemorizado. Me miraba con amor y yo ni sé qué transmitía con los ojos.

No sé si es mi sensación, si la gente no lo dice porque queda feo o qué cuernos pasa. Pero en ese momento, antes de toparnos cara a cara con Fede, me sorprendió un nivel de violencia de la escena que no me había imaginado. No creo que se pueda hacer de otro modo, debe ser así, sólo que jamás escuché que nadie lo contara. Todo el mundo dice “es el dolor más feliz”, “después no te acordas de nada”, bla, bla, bla.
La obstetra dijo “¡empujen!”. Acto seguido los que estaban de mi lado, del cuerpito que quedaba detrás de la tela que cubría la carnicería, léase anestesista, asistente, alguna enfermera, no se si la partera pasaron sus brazos por sobre mi cabeza, depositándolos sobre la parte superior de mi panza y comenzaron a empujar como quien empuja un Fiat 600 para que el que está al volante ponga segunda y arranque. “Un poco más” decía la obstetra y ellos le daban nomás. Yo sabía que era un momento importante, que tenía que estar feliz, que lo tenía que disfrutar, pero honestamente les digo ¡es muy heavy! En verdad yo quería salir rajando. No sé, con unas piernas prestadas hasta que pudiera recuperar las mías. Obvio no pude.
Después de varios “un poco más” escuché “ahí lo tengo”, “ahí sale” y de golpe se bajó el telón que no me dejaba ver y se elevó un pequeño pitufo violeta, con una boca gigante que lloraba desconsoladamente. ¿Qué se siente? No sé. La magnitud de la escena es tan fuerte que no sabría ponerle palabras. Es una situación donde la cabeza se queda muy atrás de los acontecimientos. El pensamiento no alcanza.
Alguien me acercó al flaco a la cara y pude darle un beso. Recuerdo el calor de su cuerpo en mis labios. Eso me tranquilizó. Luego se fue con el papá y la neonatóloga. En mi cuerpo la carnicería estaba más abierta que nunca.

Al ratito lo veo acercarse a Igriega con Fede en brazos. Se sentó a mi lado. Mi cabeza estallada y mi cuerpito diminuto no me alcanzaban para emocionarme. Le pregunté si estaba bien y lo miré a los ojos para ver si me decía la verdad. “Sí, está bien” dijo hasta un poco sorprendido. Sus ojos decían la verdad. Me quedé tranquila. Luego le pidieron que se vaya. Una doctora se acercó y me dijo que Fede estaba muy bien, que sólo por precaución lo llevarían a neonatología.

Los médicos del otro lado de la cortina ya iban por el postre y cerrando. Más o menos treinta minutos después de conocer al flaco, por fin me sacaron de ahí. Les confieso que estaba tan feliz por la llegada de Fede como por poder irme de esa mesa. Me moría de dolor de espalda.

El paseo de vuelta a la habitación fue en camilla. Cuando me pasaron a la cama no pude evitar ver mis piernas y me impresioné. Estaban muertas.
Nos quedamos solos. Eramos dos, pero había un tercerito vaya a saber en qué lugar del sanatorio. Emocionarse cuando uno no puede hablar es muy complejo así que dejé eso para después. El primer comentario entre Igriega y yo fue “¿viste? no es tan cabezón, yo tenía miedo de que fuera desproporcionado” Estábamos felices de que a las fantasías del pequeño monstruo se las hubiera llevado la lluvia.

Acabábamos de convertirnos en padres. La vida ya estaba puesta patas para arriba y todavía no teníamos la menor idea de cómo seguía todo.
Una sensación parecida a tener una bola de fuego en el centro del cuerpo. Aún no llegaba a sentir el calor pero tenía certeza de que sólo era cuestión de dejarla crecer para ser invadida por un color tan pero tan intenso que jamás hubiera podido imaginarlo.

Continuará…