viernes, 4 de septiembre de 2009

El sabor del encuentro

Me ayudas a pararme. Le escribí a la enfermera. La anestesia había tenido la amabilidad de devolverme mis piernas y poder conocer a mi hijo requería que yo al menos pudiera arrastrarme hasta una silla de ruedas.
La amable mujer accedió a mi pedido. Pudo disimular la risa de haberme visto envejecer treinta años en tres horas. Supongo que eso será frecuente en su trabajo, tanto como contener las carcajadas millones de veces.

Yo suponía que estaría dolorida, lo que no me había imaginado era que tardaría días en recuperar la posición erguida. Ciento veinte grados era la máxima apertura entre el torso y las piernas. Mientras tanto debía contentarme con circular cual autralopithecus en bata y pantuflas, por los pasillos del sanatorio. Neonatología quedaba más lejos de lo que yo pensaba. Mi habitación, si lo comparáramos con un teatro, estaba en platea, pero fila setenta. En verdad, lo descubrí cuando tuve que caminar toda esa distancia luego de enterarme que mi ruda obstetra le había prohibido a las enfermeras facilitarme la silla de ruedas. Silla, que en cualquier otro momento sería tan temida como Freddie Kruger, en esta circunstancia se había convertido en las piernas que no tenía.

Llegamos. La neo era un lugar donde todo el mundo sabía qué hacer menos nosotros. Dónde lavarse las manos, buscar los camisolines, la enfermera con la que hay que hablar, dónde es el lactario (¿qué es eso?), en qué horarios se puede entrar y en cuáles no, etc. Esa sensación es siempre angustiante. Luego de algunos días la superamos y hasta guiamos a padres novatos.

Igriega empujaba mi silla, mientras yo miraba a mi alrededor como chico en parque de diversiones recién inaugurado. Se abrieron algunas puertas hasta que entramos a un recinto en el que había muchas peceras tapadas con frazaditas celestes. Yo pensaba me van a decir es éste y yo ¿podré saber si es o no?. O me podrían dar a cualquier chico que yo lo iba a tomar por bueno. ¡¿Qué clase de madre era yo si no podía reconocer a mi hijo?!
Igriega ya sabía a qué pecera ir. No recuerdo si él o la enfermera levantaron la frazadita. Ahí estaba. Boca abajo, moviéndose como loco, con los ojos abiertos como dos pomelos, lleno de cables con luces y todo. El dolor del cuerpo se esfumó, la silla no existió. Lloré, lloré, lloré. Pensaba ahí está, se mueve y mirá los ojos que tiene, es mucho más lindo de lo que yo pensaba. Lloré. La enfermera se acercó y me dijo: ¿lo querés tener en brazos?, ¿puedo? le preguntaba como si la madre fuera ella y no yo. Lo envolvió, cuidó que los cables no se le enroscaran y dejó que mis brazos lo arroparan. Lloré y le hablé. No sé qué le dije, pero le hablé. Me importó un carajo la cesárea, la herida, los gases y la mar en coche. El primer encuentro con mi hijo no podía ser en silencio. Lloré y le hablé. Igriega estaba a mi lado como testigo feliz de la escena. Comentamos cosas de padres que habían imaginado lo peor. Viste qué lindo que es y mirá los ojos que tiene, se mueve. Creo que no podíamos creer que se moviera. Hablamos los tres. No sé qué dijimos. No quería irme nunca de ahí. Pero así son las cosas. Luego de un rato de charla, Fede tenía que volver a la pecera calentita y yo a mis paseos por el sanatorio. Le hicimos preguntas a la enfermera, muchas preguntas. Me reconfortaba escuchar que cuando preguntábamos nos decían: ¿Fede? Ah… Fede está muy bien. Como queriendo decir que había chicos en estados mucho más delicados. Él era casi un infiltrado. Que alivio esas palabras, qué alivio que no pusieran cara de circunstancia como había sido durante todo el embarazo.
A partir de allí, en cada visita al flaco monitoreábamos detalles que sabíamos indicaban mejoría. Que la temperatura de la incubadora fuera bajando, que tuviera menos cables, que lo pasaran a una sala de menor complejidad y luego a otra, que me digan de ponerlo en la teta, que apagaran la estufita, etc.

Lo cierto es que en las dos o tres primeras visitas la pregunta acerca de qué clase de madre era me asaltaba en intensidad proporcional a la cercanía de la cunita. Pensaba ¿lo reconoceré? ¿y si me pongo a hacerle caricias a otro bebé y la enfermera me dice: señora su hijo está allá? Cómo se remonta una situación así. En fin, tal vez eso diga algo de qué clase de madre le ha tocado a Fede.

Luego del encuentro que cambió mi vida para siempre, Igriega volvió a empujar mi silla. Cruzamos la puerta. Salí feliz de haberme sacado la grande de Navidad luego de tantos años de lucha.

7 comentarios:

Pilot dijo...

Zeta no puedo dejar de llorar. Escribis tan bien, que la trasmisión de tus sentimientos es impecable que pareciera que lo estoy sintiendo a la par tuya.
Ojalá pueda yo también pasar por esta experiencia.
Te felicito.

Zeta dijo...

Pilot,

Estos días estoy medio borrada, pero no quería dejar de decirte que lamento mucho lo que pasó con tu embarazo. Esta lucha a veces tiene cosas tan injustas que uno no llega a entender. Pero no me cabe duda de que la van a seguir luchando y sin duda vas a pasar por la experiencia de un encuentro.
Se trata de soportar millones de desencuentros, para un encuentro que se renueva todos los días. Te lo deseo de todo corazón.

Zeta

Karina00 dijo...

Zeta, como me hiciste llorar! :D la verdad es que relataste este encuentro de una manera maravillosa. :D Te felicito y les mando saludos a los tres. :D

Virgin dijo...

es cierto lo que decis es un encuentro de todos los días...
Como cambia la vida viste, como cambian las ganas, de repente es todo color de rosa, aunque tengas un machazo!!!
Besos una vez mas te digo me encanta como escribis.

Flor dijo...

Qué relato tan emotivo!!! Me encantó el encuentro con Fede. Me imagino la emoción que sentiste y se me llena el corazón de alegría!
Felicidades otra vez!!

Mariela dijo...

Tenés que escribir un libro un día!

Me emocionó muchísimo tu relato, realmente tu visión de mamá y tu experiencia son hermosas.

Un beso

Anónimo dijo...

Zeta, que decirte, se me piantaron los lagrimones.
FELICIDADES nuevamente...

Infanta