sábado, 20 de junio de 2009

Esta vez, no me estaba pasando a mí.

Me dejaba llevar por un cuento de Saer. Con grata sorpresa, lo había encontrado en una de las revistas viejas y maltratadas que siempre se pueden tomar de las mesitas de las salas de espera.
De pronto se abrió la puerta de la que todos esperábamos ser llamados. Una chica salió llorando del consultorio del ecografista. No podía articular palabras. Con una voz ahogada le dijo a su marido que lo esperaría afuera. Huyó como si lejos de ese lugar fuera a encontrar el oxígeno que le faltaba, como si afuera las cosas pudieran retroceder media hora antes de salir de ese maldito consultorio. Ella y yo sabíamos muy bien que eso no ayudaría en nada.

Al rato volvió el marido. Había salido tras ella arrastrando sus piernas como quien está a punto de desmayarse. Tenía que esperar que le entregaran por escrito la mala noticia que acababan de recibir. Se sentó a mi lado. En vano, trataba de contener el llanto. Con la mirada fija en la alfombra, hablaba por teléfono y la voz se le quebraba en cada sílaba.
El cuento de Saer se llamaba “Al abrigo” y paradójicamente yo no paraba de recordar la inmensidad de vacío que se siente en esas situaciones. Como si el cielo entero fuera a desplomarse encima de uno. Me animé, le tomé el brazo, lo miré y le dije que lo sentía. Recordé dos ocasiones similares, en las que había sido yo la que salía desencajada del consultorio. Me parecía ahogarme en medio de un montón de panzas felices, todas mirándome como diciendo a nosotras nada puede pasarnos. Se ve que no quise que otro tuviera esa sensación. Quise que mi dolor sirviera para algo.
Él me miro con lágrimas en los ojos que contagiaron a los míos. Me contó que su esposa estaba embarazada de 17 semanas, que eran mellizos y que uno de ellos se iba a morir. Qué decirle que no resultara absurdo. Le conté mi historia en tres palabras pero encontré en su mirada mis propios ojos negros de tantas situaciones en las que no podía ver la luz. Nos quedamos callados. Él volvió a su dolor y yo a mis recuerdos, mezclados con cierto alivio de no ser ésta vez la protagonista de la historia.

Los caprichos de la biología no dejan de ser, a veces, una pared. Encontrarse con otros simplemente me hace saber que no estamos solos, ni ellos, ni nosotros. Es muy probable que la película de las panzas felices la vean solo unos pocos que son, por cierto, los que más ruido hacen.

4 comentarios:

Consuelo? dijo...

Creo que ese dolor lo conozco y no es descriptible, no puedo decir nada más que pedirle a Dios que les deje una gota de esperanza y si es su voluntad le quebré la mano a tan duro pronostico.

luciatou dijo...

no se como llegue a tu blog, pero no pude dejar de leer, estare acompañandote hasta que festejemos l momento que tengas a tu gordo en brazos!!tenes miedo y es entendible, ahora tengamos fe!mucha suerte!!!

madre hay una sola dijo...

La empatía, esa cosa que duele tanto pero que no cambiaría por nada del mundo. ¿Estoy loca o estamos en la 34 ya? Si el flaco y vos aguantan 3 más, me pasan a mí y al Fede y se ganan un regalito.

majito dijo...

Mierda... Es tal cual. Salir de la eco y sentir que nada es realidad, sentirte que estas sentada en una sala de espera rodeada de gente pero que es como si vos fueras de otra especie y queres apretar rewind pero no se puede.
Besos