
Que convivo con el miedo no es una novedad. Ocurre que éste, a veces, se intensifica y produce mi escritura. Como una pieza de dominó que cae súbitamente sobre la otra, generando un efecto irremediable.
La angustia es un motor que bosqueja palabras escritas que no hacen más que intentar traducirla. La felicidad, como decía Borges, no necesita traducción. Simplemente hay que vivirla.
La mayoría de las veces mi miedo se exacerba por motivos muy sutiles, de tanta agudeza que rozan lo infundado. Otras ocasiones han sido concretos y se los he contado. En ese caso, infundado y concreto se aliaron en mi contra.
Llevaba dos días muy mal del estómago. En los encuentros con la comida habían regresado las náuseas del primer trimestre, que por desubicadas me atemorizaban. ¿Qué podrá ser? Aunque traté de ignorarlas haciéndome la superada, persistieron. Se hicieron acompañar de un malestar difuso que me tiraba aún más profundamente en la cama. Al menos me ahorraban las ganas truncas de levantarme. Al día siguiente (ayer) la cosa se puso más negra. El desayuno fue un desenfreno de naúseas. El almuerzo, se interrumpió por una súbita arcada que prometía terminar mal, aunque por suerte el alimento conservó su lugar. Durante la tarde me sentí fatal. Tenía frío a pesar de los 28º de temperatura, acompañado de malestares de todo tipo. Menos mal que el niño se movía, de otro modo hubiera terminado el la guardia como tantas otras veces.
Por la noche, presumí que un puré de papas sería lo suficientemente liviano como para soportarlo. Mi marido, con la cara desorbitada por mi inexplicable malestar se dispuso a la cocina con amor. Me trajo el plato a la cama. Estaba rico. Lástima que en esa oportunidad no fue posible conservarlo. Me sentí peor que nunca. Volví del baño pálida y sobre todo muerta de miedo.
Nadie se ha muerto de vomitar alguna que otra vez. Si no estuviera embarazada, hubiera pasado por alto todo esto. Pero en este momento todo se torna pregunta: qué estará pasando, será indicador que algo le sucede al bebe, tendré que llamar a la obstetra, será grave. Será efecto del Zitromax, los cabos cerraban, pero las situaciones más complejas seducen mucho más a mi inconciente. Me ofrece imágenes posteriores donde los médicos me dan la peor noticia y yo reprochándome por no haber hecho algo antes. Siendo consciente de que algo andaba mal y sin haber hecho nada al respecto. Atormentándome con la idea de que esos podrían ser los últimos momentos del bebe y todas las cosas que vienen después, etc.
Está claro que mi cabeza está tan quemada, que para mí el embarazo es una permanente lucha contra la muerte. Cualquier cosa puede producirla súbitamente y yo siento que no puedo bajar la guardia porque la muy guacha juega malas pasadas cuando uno menos se la espera.
La cuestión es que hoy, luego de un ayuno de más o menos catorce horas, estoy mejor. El tecito con galletitas de agua fue soportado con hidalguía, e incluso repetido en forma de almuerzo. Pasa que nada puede ser completo en esta vida. El niño hoy está más quieto. No es que no se haya movido, pero no tanto como yo necesitaría para convencerme de que nada de lo sucedido tenía que ver con él. Como para saber que ha superado los acontecimientos y ha salido ileso.
Recién, queriendo hacerme la desentendida leyendo la mejor pieza literaria a mi alcance, no pude más. Lo molesté un poco tocando la panza. Como es su costumbre, hace lo que se le canta, no respondió enseguida. Pero al ratito, pegó una de sus mejores patadas. Y yo volví a respirar, lo suficiente como para poder escribir estas líneas.
La angustia es un motor que bosqueja palabras escritas que no hacen más que intentar traducirla. La felicidad, como decía Borges, no necesita traducción. Simplemente hay que vivirla.
La mayoría de las veces mi miedo se exacerba por motivos muy sutiles, de tanta agudeza que rozan lo infundado. Otras ocasiones han sido concretos y se los he contado. En ese caso, infundado y concreto se aliaron en mi contra.
Llevaba dos días muy mal del estómago. En los encuentros con la comida habían regresado las náuseas del primer trimestre, que por desubicadas me atemorizaban. ¿Qué podrá ser? Aunque traté de ignorarlas haciéndome la superada, persistieron. Se hicieron acompañar de un malestar difuso que me tiraba aún más profundamente en la cama. Al menos me ahorraban las ganas truncas de levantarme. Al día siguiente (ayer) la cosa se puso más negra. El desayuno fue un desenfreno de naúseas. El almuerzo, se interrumpió por una súbita arcada que prometía terminar mal, aunque por suerte el alimento conservó su lugar. Durante la tarde me sentí fatal. Tenía frío a pesar de los 28º de temperatura, acompañado de malestares de todo tipo. Menos mal que el niño se movía, de otro modo hubiera terminado el la guardia como tantas otras veces.
Por la noche, presumí que un puré de papas sería lo suficientemente liviano como para soportarlo. Mi marido, con la cara desorbitada por mi inexplicable malestar se dispuso a la cocina con amor. Me trajo el plato a la cama. Estaba rico. Lástima que en esa oportunidad no fue posible conservarlo. Me sentí peor que nunca. Volví del baño pálida y sobre todo muerta de miedo.
Nadie se ha muerto de vomitar alguna que otra vez. Si no estuviera embarazada, hubiera pasado por alto todo esto. Pero en este momento todo se torna pregunta: qué estará pasando, será indicador que algo le sucede al bebe, tendré que llamar a la obstetra, será grave. Será efecto del Zitromax, los cabos cerraban, pero las situaciones más complejas seducen mucho más a mi inconciente. Me ofrece imágenes posteriores donde los médicos me dan la peor noticia y yo reprochándome por no haber hecho algo antes. Siendo consciente de que algo andaba mal y sin haber hecho nada al respecto. Atormentándome con la idea de que esos podrían ser los últimos momentos del bebe y todas las cosas que vienen después, etc.
Está claro que mi cabeza está tan quemada, que para mí el embarazo es una permanente lucha contra la muerte. Cualquier cosa puede producirla súbitamente y yo siento que no puedo bajar la guardia porque la muy guacha juega malas pasadas cuando uno menos se la espera.
La cuestión es que hoy, luego de un ayuno de más o menos catorce horas, estoy mejor. El tecito con galletitas de agua fue soportado con hidalguía, e incluso repetido en forma de almuerzo. Pasa que nada puede ser completo en esta vida. El niño hoy está más quieto. No es que no se haya movido, pero no tanto como yo necesitaría para convencerme de que nada de lo sucedido tenía que ver con él. Como para saber que ha superado los acontecimientos y ha salido ileso.
Recién, queriendo hacerme la desentendida leyendo la mejor pieza literaria a mi alcance, no pude más. Lo molesté un poco tocando la panza. Como es su costumbre, hace lo que se le canta, no respondió enseguida. Pero al ratito, pegó una de sus mejores patadas. Y yo volví a respirar, lo suficiente como para poder escribir estas líneas.